Marga Mediavilla: Debates en torno al decrecimiento: por favor, toquemos tierra

(Un nuevo artículo de Margarita Mediavilla, publicado este pasado martes en nuestro blog hermano en ElDiario.es.)

Marga Mediavilla. Foto: EQUO

Marga Mediavilla. Foto: EQUO

En los últimos meses se ha generando un cierto debate entre economistas críticos y personas afines a las tesis del decrecimiento, que recientemente se ha visto reavivado con la publicación del Manifiesto Última Llamada. Este diálogo entre las posiciones “socialistas” -con su objetivo de justicia social-, y las “ecologistas” -con su preocupación por los límites del planeta- es, sin duda, uno de los retos intelectuales más necesarios en este principio de siglo. Sin embargo, da la impresión de que se está llegando a un callejón sin salida, puesto que las posiciones se vuelven cada vez más enconadas sin que se avance ni se aporten reflexiones valiosas.

Tengo la sensación de que en este debate buena parte de las discusiones son semánticas, pues cuando unos y otros hablan de energía, crecimiento o modelo productivo, no parece que entiendan siquiera las mismas cosas. Creo que sería muy positivo que hiciéramos un esfuerzo por dejar de lado los términos generales y bajar a debatir aspectos concretos y, sobre todo, dar ejemplos específicos que nos permitan avanzar en el análisis de la realidad y las salidas a la crisis ecológico-económica.

Por ejemplo, ante la crisis energética que vivimos se habla de crecer económicamente a base de sustituir actividades intensivas en el uso de la energía por otras, lo cual es, obviamente, muy interesante. Sin embargo, esto que es obvio como generalidad, se vuelve una cuestión mucho más relativa cuando descendemos a los casos concretos.

Tomemos, por ejemplo, el caso del sector del automóvil. Actualmente el 4% del PIB español se está destinando a pagar las importaciones de petróleo. Para evitar esta sangría (que no tiene visos de mejorar debido al fenómeno del pico del petróleo) podemos pensar en varias opciones.

Podemos seguir con el modelo actual. Esto nos llevaría a que los ciudadanos destinasen cada vez un porcentaje mayor de su sueldo a comprar gasolina, con lo cual el consumo de otros bienes se detraería. También se venderían menos vehículos y es probable que disminuyeran los puestos de trabajo en la industria del automóvil. Muchas personas se verían marginadas al no poder tener un coche, ni tampoco otras alternativas.

Podemos, también, intentar la sustitución tecnológica, apostando por el vehículo eléctrico. Esto beneficiaría a la industria del automóvil y aumentaría la demanda de energía eléctrica, que podría ser renovable. Desgraciadamente los datos nos están diciendo que los vehículos eléctricos actualmente tienen prestaciones muy inferiores (15 veces menos acumulación de energía, lo que se traduce en mucha menor autonomía y mala relación prestaciones/precio). Quizá dentro de unas décadas se descubra algo mejor pero, de momento, no tenemos esa opción y es inútil engañarse con fantasías. ¿Qué hacemos? ¿Subvencionamos los vehículos eléctricos a base de recortar en otras partidas como el transporte público? ¿Hacemos que los trabajadores empobrecidos paguen impuestos para los coches eléctricos de los más pudientes? Ya hemos subvencionado cada vehículo eléctrico con 5.500 euros y siguen sin venderse masivamente. Esta opción de cambiar un vehículo por otro y seguir creciendo puede parecer muy atractiva, pero los datos tecnológicos nos muestran que es una vía muerta.

Tenemos otra opción, y es la que defendería el movimiento por el decrecimiento. Podemos cambiar el modelo de movilidad penalizando la compra de vehículos y fomentando el uso de la bicicleta. Esto permitiría que los ciudadanos tuvieran una forma de moverse barata y eficaz, especialmente atractiva para los menos pudientes, pero no hay que olvidar que se perderían puestos de trabajo en el sector del automóvil (más que en la primera opción). Por otra parte el dinero no destinado a gasolina se podría emplear en otros consumos que generarían otro tipo de puestos de trabajo.

¿Qué solución es mejor? Ninguna de ellas es buena y solamente podemos escoger la menos mala. Para ello tenemos que echar mano de los datos que nos permitan saber dónde están los límites tecnológicos y cuántos empleos se pierden en cada caso, y después discutir nuestras prioridades éticas.

Estos debates sobre aspectos concretos son los que deberíamos estar formulando ya. Deberíamos empezar a pensar qué hacemos con la industria del automóvil, la agricultura, la construcción, o el turismo, a la luz de la crisis energética. Además, es imprescindible que la discusión se mueva dentro del conocimiento de la realidad tecnológica, porque el hecho de que los recursos naturales y la energía física son finitos no es cuestionable; y el estado de la tecnología y sus posibilidades a corto plazo tampoco es discutible: es lo que hay. Es importante bajar a estos sectores concretos porque sólo así podemos ver si las restricciones energéticas y la falta de sustitución tecnológica van a hacer que los consumidores dejen de comprar coches, viviendas, viajes o clases de inglés,…o no.

En este sentido trabajos como los que Alfonso Sanz, Pilar Vega y Miguel Mateos acaban de presentar sobre las cuentas ecológicas del transporte en España son vitales, porque nos permiten poner sobre la mesa los números de las variables físicas de un sector, que, además va a ser especialmente castigado por la crisis energética en esta misma década, como ponen de manifiesto nuestros estudios.

Cada vez estoy más convencida de que los economistas ecológicos tienen razón cuando argumentan que tenemos que volver a medir la economía en términos de variables físicas como la energía, los puestos de trabajo, los kilos de minerales o los servicios prestados. Medir las cosas en unidades monetarias nos distrae y nos puede llevar a engaños. Ahora mismo, por ejemplo, el consumo de petróleo en España es un 23% menor que en 2007 y, sin embargo, el PIB español apenas ha caído, luego estamos generando el mismo PIB con menos energía. ¿Se debe a que tenemos una sociedad más capaz de generar actividad económica, empleo y bienestar con menos energía? No, en absoluto. Lo que estamos haciendo es cultivar la desigualdad: algunos siguen aumentando sus beneficios monetarios, pero muchos ciudadanos dejan de consumir porque no tienen ni siquiera lo necesario para calentar su casa. No es esa, desde luego, la eficiencia energética que queremos ni lo que defienden los partidarios del “decrecimiento”.

Es una lástima que “ecologistas” y “socialistas” no estemos todavía convergiendo en un discurso único y mucho más detallado sobre las soluciones económicas que proponemos. Porque, si bien es interesante desarrollar experiencias colectivas que permitan vivir mejor con menos, como las que proponen los partidarios del decrecimiento, no es menos cierto que también hay que cambiar las relaciones de poder para que estos experimentos puedan convertirse en alternativas a gran escala.

Ni el socialismo puede ignorar los serios estudios físicos, ingenieriles y geológicos que se presentan desde los círculos ecologistas, ni podemos avanzar sin un discurso político elaborado, como el que posee el socialismo. Socialismo y ecologismo deberían ser las dos patas con las que caminemos para conseguir una sociedad justa y además acorde con los límites del planeta. Cualquier alternativa que sólo contemple uno de estos objetivos es ingenua y también indeseable.

3 comentarios en “Marga Mediavilla: Debates en torno al decrecimiento: por favor, toquemos tierra

  1. Sin duda un llamamiento cabal y necesario el de Marga. Y muy acertado señalar el problema de lenguaje, cuando las diferencias no deberían ser tan grandes. Quizás deberíamos desmontar la mitología del trabajo, para empezar, en la izquierda mayoritaria. Debería resultar obvio que el trabajo asalariado y la hiperespecialización actual de actividades laborales no es sino fruto de la industrialización y esta, a su vez, de la enorme disponibilidad energética que nos ha venido ofreciendo la energía fósil. Al decaer esta irreversiblemente, debemos comenzar a poner en tela de juicio la continuidad de muchas cosas, entre ellas el concepto de trabajo (empleo, salarios, etc.) actual y comenzar a pensar en términos de necesidades básicas humanas, pues es eso lo que debería buscar (también) el socialismo y otras izquierdas. Es decir, dejar de obcecarse con el objetivo del empleo para todos, cuando en realidad el empleo es un mecanismo para satisfacer las necesidades y no el fin en sí mismo. Hay otras maneras de que cada persona tenga satisfechas sus necesidades, sin pasar obligatoriamente por la herramienta trabajo y la mediación del dinero (ahí está el concepto de la Renta Básica, también dependiente en mi opinión de una coyuntura de Estado industrial que comienza a morir). Creo que eso solo ya sería un inmenso paso para acercarse al ecologismo social, punto de encuentro entre la justicia social que busca la izquierda y la realidad física del necesario cuidado de la biosfera de la que somos parte inseparable (aunque muchos en la izquierda ni siquiera asuman eso con todas sus consecuencias).

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    • Hola Casdeiro, es muy importante eso que dices del concepto de trabajo y “empleo”, porque es la gran coartada para seguir en el modelo: “si dejamos de consumir y de contaminar y de fabricar nos quedamos sin puestos de trabajo”…etc.

      Pero no es fácil el dilema porque, por una parte, lo que llamamos trabajo es una forma de realización personal y de cuidado mutuo, pero, por otra parte, la biosfera no nos da casi nada gratis y si además tenemos menos energía fósil, menos.

      Lo que sí me parece que pasa últimamente es que los medios de producción están enormemente monopolizados por unas pocas grandes empresas que tienen el capital y la tecnología para producir mejor y más barato (y dominando el mercado por otros medios) y no dejan que gran parte de los seres humanos ejerzan su “derecho” a vender, fabricar, trabajar y usar sus manos y sus cabezas para ganarse la vida (y además sentirse satisfechos de sí mismos).

      En ese sentido, si sabemos aprovecharlo, la falta de energía puede llegar a ser positiva, porque hará que sean rentables actividades menos automatizadas que emplean a más personas, haciendo que los monopolios sean mucho más complicados….pero sólo si sabemos hacerlo, porque también está la opción de que simplemente sigamos echando gente a los márgenes.

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      • Sí, como tú bien dices el debate no es fácil ni tampoco lo podemos basar en opciones binarias: o trabajo o autosuficiencia. Sin duda hay, como tú sugieres, formas de trabajo no capitalista (cooperativo? colectivista?) que serían algo más cercano al artesanato y oficios preindustriales, o a las propuestas de gente como Ted Trainer. Por cierto, que estamos intentando sacar en castellano su libro “The Transition to a Sustainable and Just World“. Creo que aportará ideas muy valiosas en este campo del trabajo y otros de la necesariamente urgente reorganización social poscapitalista y postindustrial.

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