Luis González Reyes: Reseña de «Rutas sin mapa» de Emilio Santiago Muiño

(Anteriormente publicado en la revista 15/15\15 y en la revista Papeles, nº 134.)

rutas-sin-mapa-emilio-santiagoNo se cuántos textos más se presentaron al premio Catarata del Ensayo 2015, pero el que lo ganó, el libro de Emilio Santiago Muiño, desde luego que lo merecía. El trabajo está bien estructurado, tiene ritmo, profundidad, es claro y tremendamente relevante para el momento de crisis civilizatoria que vivimos. Su estilo y contenido a veces recuerdan al de Jorge Riechmann, uno de sus referentes indiscutibles, aunque desde luego Emilio realiza aportaciones y reflexiones propias.

En el primer capítulo se pone sobre la mesa un breve y crudo diagnóstico del momento actual. Es un comienzo necesario, pero en el que el autor no entra en grandes detalles para poder centrarse en el objetivo del libro: discutir sobre posibles estrategias y caminos a seguir en el abierto futuro que tenemos por delante. De hecho, en ese primer capítulo ya lanza algunas ideas generales.

El siguiente apartado arranca con la pregunta de “¿los seres humanos hacen la historia o esta se desarrolla por el despliegue de estructuras impersonales que marchan por encima de la voluntad de las mujeres y los hombres?” o, dicho de otra forma, ¿en las sociedades dominadoras son determinantes las decisiones de las personas en los vértices de poder o la propia estructura genera sus lógicas? Este es un debate que no es nuevo, pero que debe reeditarse continuamente en cualquier proceso de transformación emancipadora. Emilio concluye que “ni sometidos a la fatalidad de la historia como la profecía de un oráculo ni superhombres capaces de replantearlo todo desde la ingeniería social: el lugar propio de lo humano es un pequeño margen para el equilibrismo entre nuestra frágil libertad y nuestras fuertes determinaciones”. El texto no abarca en toda su profundidad este debate (ni lo pretende), pero tal vez hubiera estado bien discutir algo más sobre la dialéctica fluida entre la conformación por parte de las estructuras sociales de los valores individuales gratificando unos y censurando otros y, a la vez, la continua reelaboración de esas estructuras por parte del tejido social y, en este proceso, de las personas que protagonizan estos cambios.

En «Metafísica económica y oscurantismo espectacular» se repasan los límites de la economía neoclásica y de la sociedad del espectáculo para siquiera entender el mundo. Un capítulo claro y conciso que sitúa “una correlación de fuerzas titánicamente desigual para librar la batalla por un sentido de la vida que vuelva a ser socioecológicamente razonable”.

A partir de este punto se abren las partes del libro más interesantes desde mi punto de vista. La crítica al Estado como agente de cambio y al “socialismo real”, que abarca dos capítulos, es profunda, contundente y señala elementos centrales para la estrategia a seguir. Emilio argumenta con solvencia la “sumisión estructural de la política al mercado” y el fracaso del “socialismo real” en la creación de subjetividades liberadoras. Tal vez, hubiera estado bien profundizar algo más en estos temas. Por ejemplo, se podría haber confrontando la necesidad de la lógica estatal de construcción de hegemonías, que siempre implica alguna dosis de sometimiento; frente a las lógicas más libertarias de construcción desde abajo, que se suelen estructurar a partir de autonomías, en las que puede convivir con más facilidad la diversidad. También las diferencias entre la toma del poder y la recuperación del poder en lo que supone respecto a la construcción de nuevos órdenes sociales.

A partir de este punto, el libro empieza a bajar más al terreno de lo concreto. Primero presenta al movimiento de Ciudades en Transición y argumenta la importancia de que incorpore una visión y unas prácticas anticapitalistas. Centrado ya en las ciudades en transición, señala las políticas que deberían ponerse en marcha desde las instituciones del Estado y las nuevas en proceso de creación. Unas medidas que recogen las propuestas que el ecologismo social lleva mucho tiempo trabajando.

Finalmente, retoma uno de los debates determinantes en nuestra coyuntura: el de la articulación de estas experiencias con el poder. Aquí Emilio aboga por “estrategias duales” con las que superar las dicotomías dentro-fuera de las administraciones del Estado. En palabras suyas: “Aspiramos a participar en una ruptura más humilde que facilite un contexto de experimentación social donde podamos construir frenos de emergencia y embriones poscapitalistas al margen de un foco mediático que, por ahora, tenemos culturalmente perdido. La única posibilidad que se otea en el horizonte es un proceso constituyente en sentido jurídico, corrido a la izquierda, de carácter abierto y en marcha (como son los procesos constituyentes latinoamericanos) dedicado a la consecución de algunas tareas transversales que sirvan de trampolín para cambios más audaces en el medio plazo”. La apuesta que lanza el libro es tremendamente complicada y arriesgada, algo que no oculta el texto. Es más, como las propias experiencias latinoamericanas muestran, con pocas posibilidades de éxito en lo que se refiere a la transformación de la matriz productiva considerando los desafíos ambientales que tenemos. Es un reto que se antoja casi imposible sin cambiar el sistema económico y los imaginarios sociales que le acompañan. Pero también es cierto que el camino de equilibrista que propone Emilio probablemente es el único posible, una vez analizadas, como hace, las limitaciones de la actuación solo desde lo local en nuestra coyuntura actual.

El actor de esta toma del poder estatal sería un “partido social que es un partido solo metafóricamente. El término recupera la vieja noción de partido (…): una facción de la sociedad aglutinada y parcialmente organizada en un espacio de comunicación e interacción práctica en pos de una serie de objetivos. El partido social no es ni podrá ser nunca una institución orgánica. Es antes una realidad en red viva y muy diversa que entrelaza confluencias y alianzas de una pluralidad de colectivos y actores sociales extremadamente diversos”. La verdad es que resulta un poco desconcertante la elección por parte de Emilio del término “partido social”, cuando de lo que habla en nuestros términos culturales se acerca más un movimientos social o, si acaso, un partido-movimiento.

El libro concluye con algunas ideas sobre cómo abordar el imprescindible cambio cultural partiendo de que “a casi todos les resultará más fácil poner su voto a favor de cualquier solución de extrema derecha que prometa recuperar la opulencia perdida metiendo a los inmigrantes en centros de trabajo forzados que ponerse a construir, desde la base, una vida cotidiana más comunitaria y más sencilla si esta no deja de estar ligada a un imaginario de penuria y esfuerzo”. Por ello, Emilio sostiene que “ser capaces de construir una idea de vida buena, incluso de vida en plenitud, en un escenario de contracción de nuestro metabolismo económico es, exactamente, la disputa que determinará el futuro del mundo”. Para conseguirlo, la poesía y la “lujosa pobreza” se presentan como dos elementos centrales.

Como comentario menor, el libro equipara las salidas fascistas con las autoritarias en varios momentos. Aunque el fascismo implica el autoritarismo, se diferencia de otras opciones autoritarias en que es un movimiento social. Los escenarios futuros regresivos no pasan necesariamente por el neofascismo, pero sí por autoritarismos.

En resumen, un texto de muy recomendable lectura, para una pausada reflexión colectiva posterior.

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