Federico Ruiz: De economistas y servidumbres

Federico RuizLa polémica sostenida este pasado otoño entre Paul Krugman y Richard Heinberg acerca de las posibilidades de las sociedades actuales para afrontar con éxito los ‘desafíos’ que presenta el Cambio Climático es muy esclarecedora de la incapacidad para comprender la naturaleza y la dimensión reales de la Gran Crisis Global de los ostentadores del saber hegemónico en nuestros días, los economistas. Hablar de ‘economistas’ sin mayores especificaciones suena a una generalización excesiva y abusiva en la que se mezcla todo sin rigor alguno. Quizá no lo sea tanto.

De las variadas formas para clasificar a los economistas, la más adecuada para el asunto que nos ocupa es también la que parece más radical: aquella que distingue entre anticapitalistas y, digamos, procapitalistas. Entre los primeros se hallan los absolutamente hegemónicos de líneas mainstream y bastantes de los considerados heterodoxos. Este segundo grupo suele ser crítico con el modo de funcionamiento actual del capitalismo, muchos de sus componentes no ahorran invectivas contra el neoliberalismo e incluso proponen reformas económicas de cierto calado. Sin embargo, ninguno trasciende un horizonte de mercado basado en la libre producción y circulación, si acaso con algunas regulaciones estatales, de mercancías y capitales. Apologistas o críticos ‘constructivos’ del capitalismo, todos se mueven en el marco teórico del mantenimiento sine die de este sistema; un futuro socialista (sea eso lo que fuere) no es para ellos ni posible ni deseable. Y es que sería internamente contradictorio aceptar un análisis de la crisis que conduce a la negación del capitalismo por parte de quienes tienen la función social de legitimarlo.

Así, vemos a Krugman, el economista progre del mainstream por antonomasia, negar la contradicción entre crecimiento económico y lucha contra el Calentamiento Global, y hacerlo apoyándose en dos documentos patrocinados por instituciones absolutamente capitalistas – una de ellas es el FMI – que, por añadidura, tergiversa, como señala Heinberg. Uno podría pensar cándidamente que los desbarres de Krugman son debidos a su ignorancia técnica sobre la materia, pero los penosos sofismas que salpican sus dos textos, por ejemplo cuando asimila a los ecologistas con los hermanos Koch (dos de los tipos más reaccionarios del mundo) no nos muestran a un honesto y ecuánime estudioso al servicio de la verdad, sino al entregado paladín de una causa para cuya victoria todo vale. Ni siquiera hace falta que le paguen, como a otros, los Koch.

Por su parte, los economistas anticapitalistas impugnan, claro, el sistema capitalista por sus efectos radicalmente desigualitarios, por estar fundado sobre la explotación de unas clases por otras y mantener a buena parte de la población en la miseria y la marginación, y por otras muchas lacras del mismo estilo. Los marxistas ortodoxos añaden a todo ello su inviabilidad histórica, el ser un modo de producción estructuralmente sometido a crisis que acabarán destruyéndolo. A diferencia de los pertenecientes al grupo anterior, los economistas anticapitalistas no adolecen del sesgo cognitivo que impide a los procapitalistas captar la contradicción antagónica entre un sistema económico necesitado de crecer continuamente para subsistir y una Naturaleza finita y con unos equilibrios cosistémicos vulnerables y ya muy vulneerados. Los economistas anticapitalistas saben que el desarrollo propio del capitalismo ha sido el causante de la crisis ecológica y que la solución no es, precisamente homeopática, que si existe aún una posibilidad de evitar su desencadenamiento catastrófico, el requisito sine qua non es desmantelar la organización capitalista de la sociedad, más en concreto, la organización de la producción y el consumo de los bienes necesarios para la vida en función de los dictados de los mercados y de los precios que estos establecen. Aunque minoritarios, los economistas anticapitalistas tienen una relevancia social, tanto cuantitativa como cualitativa, en absoluto fútil, y deberían ser un aliado de enorme importancia de quienes, desde el ecologismo social y otros campos, todavía creemos que tiene sentido luchar contra el colapso.

¿Por qué ese ‘deberían ser’ y no ‘son’? Desventuradamente, sólo una pequeña parte de ellos se alinean con las tesis decrecentistas serias, aquellas que propugnan medidas que conllevan – no como objetivo, sino como consecuencia – drásticos descensos del sacrosanto PIB y que deben ponerse en marcha ya mismo. En este punto, a la controversia Krugman – Heinberg habría que añadir el artículo de Bruno Estrada en la sección Zona Abierta de eldiario.es y la réplica de Pedro Prieto en este mismo blog. Tomo a Estrada a modo de ejemplo, sin particularizar, igual podría haber escogido a Navarro o a Torres. Prefiero a Estrada, no obstante, porque es perfectamente ubicable en el campo de los anticapitalistas, algo muy dudoso en el caso de los recién mencionados.

Dicho pronto, y obviando matices y salvedades, la posición de Estrada es crecimentista. No voy a analizar el contenido de su artículo que, en lo principal creo que Prieto desmontó con soltura; lo que me interesa es la estructura formal de su discurso. Y ahí vemos un paralelismo de base con Krugman. Aunque éste se centre en el Cambio Climático y Estrada en el agotamiento de recursos naturales, ambos utilizan la táctica retórica de defender más o menos oblicuamente el crecimiento y atacar abiertamente a los decrecentistas – bien es cierto que Estrada con bastante más mesura y educación que el insigne Nobel –. En cuanto a la postulación de que aun se halla lejos el límite del crecimiento uno y otro recurren a argumentos añejos y bastante refutados (al menos, opinión de este escribidor): Estrada al tecnoptimismo y Krugman a la eficiencia taumatúrgica del Mercado aplicada a la ‘economía verde’. Respecto a la descalificación del decrentismo, ya se señaló arriba el, por llamarlo suavemente, desparpajo de Krugman para presentar a los objetores del crecimiento como un atajo de ignorantes objetivamente aliados a la extrema derecha. Estrada, por su parte, viene a considerarlos como víctimas de la ideología – en aquel sentido viejales de ‘falsa conciencia’ – porque afirman , basándose en datos científicos, que con la tecnología actual no puede extraerse del input bruto proporcionado por el sol la suficiente energía util para alimentar el desarrollo material que exige la economía capitalista. Hombre, se podrá decir que los datos son erróneos o están mal manejados, pero tachar a este discurso de ideológico es un poco hardcore.

¿Por qué unos potenciales compañeros de lucha contra el genocidio y el ecocidio capitalista se convierten en adversarios (adversarios, precisemos, sólo en tanto que preconizamos medidas antagónicas a corto lazo)? Veamos. Por un lado está el factor marxismo. El marxismo tradicional es, sin duda, productivista, en parte por las concepciones del propio Marx, quien no podía ir más allá de su época, en plena revolución industrial y – Malthus aparte – sin que hubiera indicios de agotamiento de recursos, y, sobre todo por la interpretación (no sólo) estaliniana, según la cual el comunismo demostraría su superioridad sobre el capitalismo creciendo más que él. Sin embargo, para un marxista no especialmente dogmático, superar este productivismo manteniendo lo fundamental del corpus teórico marxiano no debiera ser tarea complicada. De hecho, la obra de Marx permite lecturas ecologistas coherentes, como muestran los trabajos de O’Connor, Altvater o Bellamy Foster, entre otros muchos.

Si el marxismo no es el principal factor, digamos, antiecologista, nos queda como fundamental lo que llamaré el factor político-realista. Se trata de la identificación de los economistas anticapitalistas, o su militancia abierta en ellas, con organizaciones políticas cuya estrategia pasa por alcanzar poder institucional ya. No es que esas organizaciones, típicamente partidos, se encuentren comprometidas con el capitalismo, sin duda buscan superarlo, e incluso algunas contemplan en sus documentos teóricos o estratégicos un momento revolucionario. Pero es el caso que todas las que mantienen un mínimo de sensatez son conscientes de que una revolución precisa de un sujeto revolucionario ‘objetivo’, con capacidad potencial, que al tornarse ‘subjetivo’ actualiza esa potencia, y que tal cosa, hoy, ni está ni se la espera.

Así, las condiciones que la relación histórica de fuerzas impone a las organizaciones que buscan superar el capitalismo sólo permiten dos tipos de posicionamiento global: bien situarse fuera del sistema y dedicarse a la didáctica o a un activismo más o menos violento (otro tipo de didáctica), bien participar en sistema con los mecanismos políticos que éste ofrece, es decir, centrándose en acceder al poder estatal vía elecciones. Y para obtener buenos resultados electorales a corto plazo hay que adaptarse al nivel de conciencia de las mayorías y decirles más o menos lo que desean oír. No se sacan 120 diputados prometiendo una bajada del nivel medio de vida del 30% (ni aunque se añada que a Florentino Pérez se le va a reducir en un 3.000%). Hay que prometer crecimiento porque la mayoría asocia prosperidad y bienestar con aumento de capacidad adquisitiva. Los votos afluirán en masa a quien asegure que, con él en el gobierno, se podrá volver a cambiar de coche cada cinco años, no al que avise que se acabará para siempre el tener coche.

Es decir, que, aunque por motivos distintos, los mecanismos de atenuación de disonancia cognitiva funcionan de modo similar en los economistas de las dos orillas. Hasta ahora, en el campo de la izquierda transformadora, esto no representaba un gran problema. La idea era que mediante el combate ideológico y la toma de posiciones en instituciones estatales se irían cambiando progresivamente las relaciones de fuerza hasta llegar a una situación en que fuese posible un cambio brusco y radical de la estructura social dirigido o apoyado por las mayorías. Se jugaba a favor de la historia, todo era cuestión de tiempo y, como diría Althusser, el porvenir dura mucho. Nosotros sabemos que no es así, que sus plazos y los exigidos para oponerse al colapso ecológico con un mínimo de posibilidades son incompatibles. Pero ellos no pueden admitirlo porque todo su discurso político se desintegra si lo hacen.

Es innecesario apuntar que las analogías entre los Krugman y los Estrada acaban ahí. Discutir con los primeros solo tiene interés en cuanto se pueda convencer a terceros. En cambio, los economistas anticapitalistas comparten suelo con los ecologistas decrecentistas; es posible vencer sus resistencias a comprender la situación en toda su crudeza porque su compromiso con el capitalismo sólo es táctico. Habremos de seguir debatiendo con ellos en cada ocasión que se presente; dura y tajantemente, sin concesiones ni paños calientes, pero, asimismo, sin hostilidad. No son nuestros enemigos, deberán de ser nuestros aliados.

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