Paco Puche: ¿La última llamada? Sí… pero el cartero siempre llama dos veces

Paco Puche

Paco Puche

(Artículo de Paco Puche previamente publicado en el blog Última Llamada en El Diario, el día 06/10/2014.)

La verdad es que añoro a mi viejo cartero de uniforme azul.
Aquel que siempre llamaba dos veces y era mi amigo

Pérez–Reverte

De nuevo el mito de Sísifo nos aguarda. La tarea es ardua, siempre cuesta arriba y cuando se culmina la gravedad nos devuelve al punto de partida, como si nada hubiésemos hecho. Y Sísifo emprende, de nuevo, la obligada tarea de alcanzar la cima, su pasión inútil. Su destino es cursar el camino empinado, bien cargado, pero si llega, cualquiera que sea posteriormente su trayectoria, él ha cumplido. Es posible imaginar a Sísifo alegre, como nos recordaba Camus. Resistir es crear, apostillaba John Berger.

Ese cambio civilizatorio que con razón se nos anuncia está cargado de razón, no hay que insistir, es un dato. Y ante unos desequilibrios de la envergadura de los que contemplamos, de acuerdo con la teoría general de sistemas, solo quedan ya dos salidas: el colapso o el cambio rápido hacia un nuevo paradigma, a un nuevo equilibrio. Es la metamorfosis o la revolución.

En el principio fue la cooperación

Tal como aquí entendemos “cooperación” se trata de un hacer en común para beneficio general, es por tanto lo contrario a la competencia en la que los individuos o los grupos luchan incansablemente entre sí hasta aniquilarse.

Pero indaguemos en este asunto de la cooperación. La primera sorpresa aparece en los mismos orígenes de la vida: un paso fundamental desde los organismos provistos de células sin núcleo (procariotas, reino formado por bacterias) al de los organismos con células nucleadas (eucariotas, todos los demás reinos), se dio por la fusión de bacterias que desarrollaron una relación de simbiosis, hace unos 2.000 millones de años. Esta gran división en el mundo vivo, fruto de una simbiosis, es la división fundamental de los seres vivos. En el principio fue la cooperación, no el verbo ni la acción.

El sesenta por ciento de la historia de la vida corresponde a estas bacterias en solitario, por eso lo han inventado casi todo: la fermentación, la fotosíntesis, la utilización de oxígeno en la respiración, la fijación del nitrógeno atmosférico y la transferencia horizontal de genes. El resultado ha sido “un planeta que ha llegado a ser fértil y habitable para formas de vida de mayor tamaño gracias a una supraorganización de bacterias que han actuado comunicándose y cooperando a escala global”, sentencia Margulis, y concluye diciendo que “la vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación”. El mundo de la vida es bacteriocéntrico.

Pero como nos recuerda Máximo Sandín: “En las aguas superficiales del mar hay un valor medio de 10.000 millones de diferentes tipos de virus por litro, su papel ecológico consiste en el mantenimiento del equilibrio entre las diferentes especies que componen el plancton marino (y como consecuencia del resto de la cadena trófica), y entre los diferentes tipos de bacterias, destruyéndolas cuando las hay en exceso”. Sin la cooperación de los virus con los demás seres vivos la autodestrucción estaría asegurada. El mundo es, también, viruscéntrico.

El mundo de la vida, construido con una jerarquía de ecosistemas interrelacionados e interdependientes, culmina en la Biosfera y en lo que se ha dado en llamar la hipótesis Gaia (atribuida a Lovelock). Se resume así: “la vida no está rodeada por un medio esencialmente pasivo al cual se ha adaptado, sino que se va construyendo una y otra vez su propio ambiente”. El mundo de Gaia es neguentrópico.

La cooperación entre humanos (y entre nuestros parientes evolutivos)

Hablemos de nuestros primos evolutivos: los chimpancés y los bonobos. Ambas especies son las más próximas al homo sapiens, con ellas compartimos la mayor parte de nuestros genes. Los chimpancés tienen un comportamiento jerárquico y violento, los bonobos son, por el contrario, pacíficos y resuelven sus disputas manteniendo relaciones sexuales.

Tenemos afinidades cercanas a ambos parientes pero, siguiendo a Frans de Waal, podemos saber que “comparaciones recientes de ADN muestran que humanos y bonobos compartimos un microsatélite relacionado con la sociabilidad que está ausente en el chimpancé”; y en las primeras sociedades humanas “en algún momento la empatía se convirtió en un fin en sí mismo: pieza central de la moralidad humana (…), nuestros sistemas morales refuerzan algo que es en sí parte de nuestra herencia. No están transformando radicalmente el comportamiento humano: sencillamente potencian capacidades preexistentes”.

En este contexto se explican las neuronas espejo, existentes en primates y en humanos, que permiten hacer propias las acciones, sensaciones y emociones de los demás. Constituyen la base neurológica de la empatía, lo que demuestra que somos seres profundamente sociales. Por eso el psicobiólogo Michael Tomasello ha podido afirmar que “las hazañas cognitivas de nuestra especie, sin excepción, no son productos de individuos que obraron solos sino de individuos que interactuaban entre si. (…) El origen de la cultura se deriva del hecho de que los seres humanos se hayan puesto a pensar juntos para llevar a cabo actividades cooperativas”.

Desde esta perspectiva es posible entender la atrevida afirmación de los economistas Gintis y Bowles, para referirse a nuestros ancestros recolectoras-cazadores, como la época de los “cien mil años de solidaridad”. Porque a la vista de los relatos de los antropólogos y de los restos arqueológicos, se puede inferir que en estos pueblos originarios se cultivaban valores básicos como la igualdad, la democracia, el “panteísmo”, la vida sencilla y la buena vida. Tenemos mucho que aprender.

Sí, efectivamente, es la última llamada, pero sabemos que tenemos otra oportunidad, que nos queda una segunda llamada del cartero de la esperanza. Pero para lograrlo hay que recuperar la alegría de la vida. La alegría de vivir como medio y la alegría de vivir como fin (Georgescu-Roegen). Es la buena vida y la vida buena en las cosmovisiones de los pueblos indígenas. O como se canta en mi tierra: “mi Andalucía ríe con dolor y sufre con alegría”.

* Y siempre nos quedarán las bacterias y los bosquimanos (Riechmann)… y los bonobos (Frans de Waal).

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